Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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AMORES DE CEMENTERIO

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El pasado 26 de febrero, en la Casa Encendida, fue la entrega de Premios del III Concurso de Relatos Cortos sobre Violencia que se ejerce contra las Mujeres convocado por la Fundación Luz Casanova. La ganadora del primer premio fue Mari Nieves Soria Somolinos por su relato “Amores de cementerio”. Basado en una historial real aborda la violencia que sufren las mujeres mayores, la mayor parte de las ocasiones en silencio y en soledad.

Desde hace dos años la Fundación Luz Casanova viene trabajando de manera preferencial con este sector de la población. Primero fue el programa “Hazte visible, hazme visible” que ahora tiene su continuidad en “Mírame, soy visible”. Según datos Macroencuesta de violencia contra la Mujer de 2015 “De las mujeres mayores de 65 años que reconocen haber sido víctimas de algún tipo de violencia de género, solo el 22,2% ha acudido a la policía (frente al 29,6% del resto de edades), y un 33,8% ha accedido a algún servicio sanitario o social (frente al 46,8% en menores de 65 años).  También son las que menos se han sincerado sobre su experiencia. El 62,7% dicen haber comentado los hechos con alguna persona conocida (frente al 77,8% para el resto de edades).

Por todos estos motivos nos pareció tan interesante el relato que nos contaba Mari Nieves Soria. Además de estar muy bien escrito, ayuda a visibilizar estas realidades vividas en soledad.

◊ Amores de Cementerio

“Conocimos a Teresa un atardecer de verano en el Parque de La Fuente del Berro. Ella y su marido se sentaron a nuestro lado, y tras las ¡buenas tardes! ¡Qué calor!  Descubrimos que teníamos un acento común: el andaluz. Los dos hombres pronto comenzaron a charlar. Ella apenas hablaba, parecía tímida, retraída. Volvieron cada tarde y poco a poco se fue abriendo, ambas teníamos una afición: la costura. Ella bordaba desde niña y yo era costurera desde hacía cincuenta años.

  Tiempo después, a retazos, con temor, mientras nuestros maridos se acercaban hasta la fuente para rellenar las botellas de agua, o se alejaban para fumar, ella me contó su historia:

  Sólo llevaba tres años casada. Para ambos este era el segundo matrimonio, los dos habían enviudado.

 «Nos conocimos en el cementerio. Todos los sábados yo acudía a poner flores a la tumba de Pablo, y él unos metros detrás a la de su esposa. Nos empezamos a saludar y a entablar conversación. Un día quedamos para tomar un café, otro para asistir a un concierto… En otoño visitamos Aranjuez. Me encontraba muy bien con él, era agradable, cariñoso, atento. Yo estaba muy sola, con Pablo no tuve hijos y mis hermanas y mi familia estaban en el pueblo.

            Me ilusioné como una chiquilla y él me prometió la luna. Ya ves con sesenta y seis años empecé una relación amorosa. Él sí tenía hijos, ya casados, que me acogieron con cariño. Mis hermanas fueron más reticentes, me quisieron quitar la idea cuando hablamos de matrimonio: ¿Pero vamos a ver, qué necesidad tienes de casarte? ¡Por qué no las escucharía! Pero soy creyente y no puedo convivir con un hombre sin estar casada.

 Nos casamos. Me despojé de todo lo que tenía: mi pisito alquilado de renta antigua, mis únicos ingresos: la pensión de viudedad, mis ahorros gastados en el viaje por Europa. Ahora vivo en su piso que me mato limpiando, sin tenerlo nunca tan bien como su pobrecita mujer. No dispongo de nada, es su dinero, de su pensión. Él realiza todas las compras, hasta mis cosméticos, decide qué comemos o donde vamos, con quien puedo hablar. Apenas vemos a sus hijos, porque a él no le gustan las visitas. Me ha alejado de mi familia. Me siento engañada, indefensa, impotente».

 —Pero… tienes que hacer algo. Puedes separarte.

  «¿Y dónde voy, dónde hay trabajo para una mujer mayor? ¡Cómo voy a decir a mis hermanas que tenían razón!  ¿De qué voy a vivir, de su caridad? ¿Qué van a decir en el pueblo? ¡No tengo salida, estoy atrapada!».

 Yo seguí animándola a pedir ayuda, a informarse de sus derechos. Un día la noté muy triste, él no la quitaba ojo. Fue el último día que vinieron al parque.

 Con frecuencia mi marido y yo paseábamos por el barrio donde dijeron que vivían, para ver si nos encontrábamos con ellos. Yo quería ver cómo estaba Teresa.

Fue inútil, nunca más volví a verla”

Gracias y enhorabuena M. Nieves

 

 

 

 

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