Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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De la grúa a la calle

Grua

Lo veía hablar y no me lo podía creer. Tenía ante mí, hablando al público presente en el salón de actos, a una persona normal, un hombre de mediana edad. Casi seguro más joven que el que esto escribe. Contaba su historia con mucha tranquilidad. Había trabajado en la construcción. Operario de grúa. Un buen sueldo. Familia. Hijos ya crecidos y alguno independizado. Todo tan normal. Ya se sabe. Quizá una hipoteca pero nada del otro mundo, nada que no se pudiera ir pagando mes a mes con un poco de esfuerzo. Y con alguna que otra alegría también. La barriguilla cervecera lo indicaba sin piedad.

Pero un buen día llegó la crisis y comenzó a dar bofetadas a todos los que pilló a su alcance. Recibieron más lo más débiles. Los de abajo. Los de siempre, para entendernos. Los ingenieros, los directivos, quizá se bajaron un poco el sueldo. Pero los de abajo soportaron lo más duro del golpe. Exactamente igual que los soldados en el campo de batalla. Se tuvo que bajar de la grúa. Y firmó los papeles del despido.

Posiblemente la vida de familia se complicó. No entró en detalle pero me lo puedo imaginar. Algo falló. Y falló tanto que no quedó ninguna red para protegerlo del golpe. Cayó hasta abajo. Cayó sin red. El golpe fue morrocotudo. Y la calle fue el último refugio si es que la calle se puede considerar un refugio.

En la calle, lo primero es la desorientación y el frío. Ningún sitio es familiar. Ningún lugar es un hogar. Todo es peligroso e inseguro. Hay que tener mil ojos. Puede pasar cualquier cosa. No hay nada que hacer. La mente tiene mucho tiempo para dar vueltas. “¿Por qué a mí?” “¿Qué he hecho mal?” La gente pasa por delante. Va rápido a sus trabajos, a sus casas. Yo no tengo a dónde ir. Lo más fácil es culpabilizarse: “Debo de haber hecho algo mal.” La tentación es no levantar la vista sino bajarla más hasta centrarse, avergonzado, en el propio ombligo o en el cuello de la botella o el agujero del brick de vino barato. El proceso es relativamente rápido. De la grúa a la calle.

Menos mal que hay muchos lugares como el Centro de Día de la Fundación Luz Casanovadonde una mano amiga levanta, pone en pie y devuelve la esperanza. Hay que hacer algo. Se puede hacer algo. Se debe hacer algo. Unos para ayudar y otros para dejarse ayudar. Todo menos pensar que ya no hay salida y que nuestro amigo es ya un caso perdido.

El que hablaba ante el auditorio seguía en la calle pero ya no se veía a sí mismo perdido. Ahora se esforzaba, estaba a la búsqueda, ponía los medios para ayudarse a sí mismo. Porque alguien, generosamente, le había echado una mano. Esa mano abierta es la que marcó la diferencia en su vida entre estar perdido y recuperar la esperanza.

 

 

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