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"Que por mí no quede" Luz Casanova

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De la misa a la mesa compartida

Cerezo Barredo
    Que a las personas de toda raza, cultura, lengua y nación nos gustan los ritos y las tradiciones –el “siempre se ha hecho así”– es un hecho incontestable. Pero también es verdad que a veces esos ritos degeneran en rituales tan alambicados que ocultan más que revelan lo que quieren decir, lo que significan. Porque a veces el gesto que forma parte del rito se hace más importante que el rito mismo.
      Apliquemos esto a la misa de los católicos. Vista desde fuera es un rito muy elaborado. Todo está organizado y programado. Un verdadero ritual. Y de tanto fijarnos en los detalles se nos puede olvidar lo mejor de su significado. Viene todo esto a cuento porque esta semana celebramos el Jueves Santo, la fiesta de la institución de la Eucaristía. En palabras más ordinarias, el día que se celebró la primera misa.
      Aquello fue una cena. Simplemente una cena. Jesús se despedía de sus amigos. Y quiso hacer algo tan sencillo, tan común, como cenar con ellos. No era momento para muchas fiestas porque todos sabían, de una manera o de otra, lo que se les venía encima. Jesús sobre todo. Compartieron el pan y charlaron. Jesús les explicó que lo que iba a suceder era la consecuencia de haber sido fiel al ideal del reino, del que tanto había hablado a lo largo de su vida. El reino hablaba de justicia, de fraternidad, de encuentro de hermanos y hermanas, fundado en la igualdad. Y qué mejor símbolo que la mesa, donde todos nos reunimos al mismo nivel para compartir el pan material que sustenta la vida y el pan de la fraternidad que es igualmente necesario para vivir una vida plenamente humana.
      No era la primera vez que Jesús cenaba con sus amigos. Basta leer los evangelios para ver las muchas veces que Jesús había participado en comidas. Desde las bodas de Caná hasta las multiplicaciones de los panes y los peces. Todas eran mucho más que una comida para saciar el hambre material. Eran una forma de decir que la salvación de la humanidad sólo puede venir cuando abrimos las manos para compartir con los hermanos el pan y la vida, en fraternidad, en igualdad, en justicia, en amor. 
      Con los años y los siglos, aquella primera celebración se siguió repitiendo. Se ha convertido en la celebración ritual más importante de la Iglesia Católica. Pero, también con los años, se ha ritualizado. Y a veces los detalles del rito se han terminado haciendo más importantes que el significado profundo de la celebración.
      La misa, la eucaristía, no es en el fondo más que una mesa en la que todos compartimos el pan. Y, al hacerlo, nos hacemos más conscientes, de que sólo compartiendo la vida, abriendo las manos a los hermanos, no dejando a nadie fuera de la mesa común, es como nuestra humanidad tiene futuro. Y que ése, y no otro, es el futuro que Dios quiere para nosotros. Y que vale la pena trabajar por ese futuro de fraternidad, igualdad y justicia. Y que hay que mantener fuerte y alta la esperanza.
      En estos días en que los medios de comunicación nos recuerdan que la desigualdad económica está creciendo, que se habla de cerrar fronteras, y de tantas otras cosas que van contra la fraternidad, contra el sueño de Jesús, vale la pena seguir celebrando la Eucaristía y hacer eucaristía de tantas otras comidas: del encuentro con los amigos, de las reuniones familiares, de la acogida a los extranjeros y al diferente. Porque todo es ir haciendo realidad poco a poco el sueño de Jesús: que es posible un mundo diferente, hecho de fraternidad, de justicia y de igualdad. 
      Y en esto, estoy seguro, coincidimos todos los hombres y mujeres de buena voluntad, más allá de creencias, razas, lenguas, ideologías y de cualquier otra cosa que la humanidad haya sido capaz de crear para separar lo que no es más que una familia: la misma humanidad.

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