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"Que por mí no quede" Luz Casanova

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“Educa como puedas” El mantra en tiempos de Covid-19

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Alexandra Koch En Pixabay

<<La Consejería de Educación te enviará las instrucciones del próximo curso en «formato Ikea» para que «puedas montarte el primer trimestre tú mismo y como más te guste» dice uno de los titulares de las noticias que publica diariamente El aula today, un diario satírico dirigido a la comunidad educativa.

 

Al igual que la viñeta de Puebla, que pone sobre la mesa una vergonzosa realidad, El aula today hace una crítica, en tono de humor, sobre la difícil, a la vez que surrealista, situación que está viviendo la comunidad educativa y su alumnado.

 

En estos meses se ha hablado de compaginar clases online con presenciales, de reducir la ratio de alumnado en unas aulas ya de por si sobrepasadas en capacidad, sin aportar soluciones ante la actual falta de infraestructuras y medios, a la vez que se recortan plazas de profesorado en comunidades autónomas como Madrid.

Medidas que se aprueban desde arriba y en cada CC.AA., sin dar lugar a espacios y tiempos de escucha, de análisis y de reflexión común para una toma de decisiones consensuada con la comunidad educativa en su conjunto. Una comunidad educativa, al límite, con unas exigencias inabarcables, que está echando el resto.

Maestras/os de infantil y primaria que además de convertirse en “youtubers”, tienen que hacer informes semanales para cada niño/a informando de sus “avances”. Que atienden 24/7, sin rechistar, las demandas y los problemas de unas familias que han afrontado este nuevo rol como buenamente han podido, y que siguen preguntándose dónde está ese famoso unicornio llamado conciliación.

Docentes de secundaria que ven como el alumnado está sobrepasado y angustiado, que tienen que seguir cumpliendo con la exigencia impuesta del currículo y la evaluación, preocupados por cómo estarán los chavales/as que llevan meses “desconectados” y cuándo y cómo volverán a las aulas.

Estudiantes universitarios que no pueden cumplir con el mandato de conectar su cámara para hacer un examen porque conviven en la misma habitación con sus hermanos pequeños, o que no pueden “atender” a una clase porque solo cuentan con un ordenador para toda la familia.

Equipos directivos, PTSCs, educadores/as y entidades sociales que llevan meses buscándose las castañas, como tantas otras veces, para intentar no dejar a nadie atrás, buscando donaciones de dispositivos, ayudas para alimentación, imprimiendo deberes y yendo a entregarlos a los hogares. Que se pelean con las nuevas tecnologías, y adaptándose cada día con la angustia de hacer frente a demasiados interrogantes sin respuesta.

Un alumnado que ha estado meses completamente encerrado, que también ha vivido momentos duros, que ha podido estar enfermo por el covid19 o a cargo de los cuidados en su casa, pero para los que no ha habido descanso ni tregua. A los que se les ha exigido estar al día y darlo todo, como si nada de lo que está pasando, de lo que estamos viviendo, pasara por ellos.

En definitiva, se ha pretendido seguir “educando” con el automatismo y el ansia propia de quien teme pararse a pensar por miedo a descubrir que algo no funciona, que no todo se puede. A un ritmo que, lejos de bajar, ha ido subiendo de manera frenética. Se ha dado por hecho que lo online puede suplir, sin más, la experiencia educativa en su conjunto, deshumanizando, por completo, la tarea de educar, a los profesionales y al propio alumnado.

Una mentira que nos ha convenido tragar, pero que en el fondo sabemos que no es cierta. No sólo porque en España el 10% de los hogares de familias con miembros en edad escolar no tienen acceso a internet, otras muchas no pueden acompañar a sus hijos/as en su proceso educativo o viven en hogares que lo dificultan. Sino porque la experiencia educativa es mucho más que conectarse, escuchar lo que otra persona al otro lado de la pantalla cuenta y hacer trabajos sin parar.

Estamos dejando pasar una gran oportunidad para reparar un sistema educativo fallido, que lleva décadas deteriorado. Sujetado por unos profesionales que merecen no sólo todo nuestro reconocimiento, respeto y gratitud, sino, además, situarse en el centro de la agenda política y del debate social.

Y aunque es evidente que estamos ante una situación inédita y extrema, cuando una sociedad está más preocupada por resolver cómo ir a la playa o a tomar unas cañas en una terraza, que por proteger y defender una educación de calidad y equitativa, y por volver a las aulas, es que algo estamos haciendo muy mal.

 

 

 

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