Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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Hermanas: rebelémonos (y hagámoslo juntas)

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Hace un par de fines de semana iba con mi novia montada en un avión dirección Amsterdam y detrás de nosotras ocupaba la fila entera de asientos un grupo de chicos de unos veintitantos años. No pararon de hablar a gritos en todo el viaje acerca de “lo putilla” que era tal o “lo guarrilla” que era cual. El avión, por supuesto, estaba lleno de mujeres que podíamos oírles. Yo no paraba de resoplar lo más alto que podía y me giré dos o tres veces para lanzarles miradas furibundas.

Cuando llegamos a Amsterdam y uno de ellos encendió el móvil, encontró un mensaje de su padre que transmitió a sus amigos jactándose muerto de risa. Su papaíto le advertía de una cosa: “ten cuidado con las putas”. Para entonces a mí ya me hervía la sangre y quería abrirles la cabeza a todos, uno por uno. Pero no hice nada. No hice nada porque eran tantas las cosas que quería decirles que no era capaz ni de ordenarlas y no hice nada, tampoco, por “no montar un numerito”. A todo lo más que llegamos mi novia y yo fue a pensar que “mejor que las putas tuviesen cuidado con ellos” y despotricar en cuanto nos bajamos del avión.

La manera que tenían de hablar aquellos chicos de las mujeres es violencia. De hecho, cualquiera de esas perlas habría encajado perfectamente en los mensajes que se mandaban los integrantes de La Manada en su grupo de Whatsapp.

El viernes 17 de noviembre miles de mujeres nos concentramos ante el Ministerio de Justicia para denunciar el tratamiento patriarcal que se le estaba dando al juicio de La Manada, al aceptar como prueba de la defensa una investigación, tan absurda como irritante, de cómo la víctima había rehecho su vida tras la violación. Es decir, que es cuestionable también que una mujer siga adelante con su vida después de haber sufrido violencia.

En aquella concentración la indignación se sentía en los gritos de todas. Se sintió en la masa infinita de cuerpos que nos manifestamos y en cómo acabamos marchando por las calles y cortando el tráfico para gritar a nuestra hermana que no estaba sola y que nosotras éramos su verdadera manada.

Mi ira del pasado 17 de noviembre era la misma que la que sentí en el avión. ¿Por qué entonces solo protesté en un caso? Quizá porque no me pareció tan inaudito que unos chicos hablasen así de las mujeres y, también, porque no me atreví a hacerlo sola.

Estos dos episodios me han hecho reflexionar y lo que extraigo de ellos es que tenemos que rebelarnos ante cualquier comportamiento machista que veamos, por “pequeño” y “normal” que sea e independientemente de la situación en la que nos encontremos. Los chistes machistas son violencia; un compañero de trabajo contándole a sus colegas, delante de ti, “lo bien que la comía” la chica que se “tiró” el viernes pasado, es violencia. Un tío que te mira con lascivia en el metro es violencia. Los “piropos” son violencia.

Hermanas, hay que despertar y abrir los ojos ante todos los comportamientos abusivos y patriarcales que vivimos cada día y tenemos asimilados. Cuando ya los tengamos identificados y los tratemos como un problema, rebelémonos. Y hagámoslo juntas. Porque si permanecemos unidas, cortar el tráfico y llevarnos las calles por delante será solo el principio.

Marieta Zubeldia Martín

 

Fotografía de RicardoYebra

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