Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

91 445 41 69
info@proyectosluzcasanova.org

La mejor bendición

P1010483
     Llevo muchas misas en mi vida, muchas ceremonias, muchas oraciones y, por supuesto, muchas bendiciones. Pero me van a dejar que les cuente lo que creo que ha sido y será la mejor bendición que he recibido en mi vida.
      Fue hace muchos años en un país lejano de mi patria. Allá me había llevado la misión de mi congregación, como religioso que soy. Estaba en una gran casa. Un caserón o un conventón, como lo quieran llamar o pensar. En medio de una gran ciudad tropical. De esas que el empobrecimiento del campo –más que el crecimiento de las ciudades– había llenado de gente muy pobre que vivía en slums, favelas, villas miseria, chabolas o como lo quieran llamar, personas como nosotros pero a quienes la vida les ha tratado mal y los demás no hemos hecho lo que teníamos que hacer para que les trate mejor.
      A aquel conventón venían todos los días a la hora de comer muchos pobres. Pedían un plato de comida. Y generalmente se les daba. Pero también es verdad que a veces nos hacíamos los remolones para ir a atender la portería. No era la hora muy apetecible para esos menesteres. Suponía salir de la zona de confort, de ese ratito de descanso que viene después de la comida antes de volver al trabajo, al estudio o lo que toque.
      Aquel día, el de la bendición, el timbre sonó con fuerza. Ya había pasado un poco la hora normal de afluencia de personas pidiendo comida. Ya se les había atendido. Era un poco tarde. Volvió a sonar. La tentación era la de dejarlo. Otro se movería para atender la portería. O la persona que llamaba se cansaría y se iría. Pero volvió a sonar.
      No pude menos que levantarme de mi sillón. Un poco enfurruñado. No me apetecía nada. En aquel caserón, ir de mi cuarto a la portería, de ésta a la cocina, vuelta a la portería y vuelta al cuarto eran unos cuantos cientos de metros. Pero me levanté. A regañadientes pero me levanté. Probablemente pensando en que a mí no me tocaba y que a quién sería el que le tocaba la portería aquel día y que dónde andaría. Pero fui.
      Al abrir la puerta, me encontré con una mujer vestida casi con harapos. Venía con ella un niño pequeño, que no brillaba precisamente por su limpieza. Me miró y con una voz muy queda me dijo que si le podía dar algo para comer.
      Asentí, le dije que esperase, cerré la puerta de la casa y me dirigí a la cocina. Ya estaba todo recogido. Pero busqué donde sabía que podía encontrar. Y preparé dos platos como me habrían gustado a mí un día de hambre: llenos, remecidos, rebosantes. Con ellos me fui otra vez a la portería.
      Cuando abrí la puerta y entregué aquellos platos a la señora y a su hijo, se produjo un momento de esos que suceden pocas veces en la vida. La señora levantó la mirada, llegó hasta mis ojos y me dijo en su lengua: “Qué Dios te bendiga”.
      Aquellas palabras resuenan todavía en mis oídos y en mi corazón. Es la mejore bendición que he recibido nunca. Me la regaló una mujer que no tenía nada pero me lo dio todo. Aquellas palabras me hablaron de Dios como nadie me había hablado antes. Aquella bendición me ha hecho sentirme salvado y perdonado como nunca antes. Aquella mujer me hizo comprender que, aunque quede mucho todavía, un mundo diferente, hecho de justicia y fraternidad, es posible.

 

Al continuar la navegación en este sitio, usted está dando su consentimiento para el uso de las cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar