Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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La sonrisa de Lourdes

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    Hace unos días  estuve en una celebración diferente. Un momento de esos en que parece que se para el tiempo de esta vida tan ajetreada que tenemos y vivimos y sentimos desde otra perspectiva. Ayer estuve en el funeral de la hermana de un amigo. Pero no era un funeral al uso. O mejor, la hermana de mi amigo, Lourdes, no era una fallecida al uso. Lourdes falleció después de dos años muy malos de médicos y hospitales a los 58 años de edad. Tenía síndrome de Down.
      En el funeral estaba la familia al completo y amigos y conocidos. Todos reunidos en torno a Lourdes y con la pena en el corazón. Por mi parte, la había conocido relativamente poco pero lo suficiente para tener también el corazón tocado. Se había ido un ángel. El celebrante fue desgranando en la homilía una suerte de bienaventuranzas de Lourdes. Mientras hablaba, los familiares más directos se emocionaban y lloraban. Era mucho lo que se había perdido con la muerte de Lourdes. Yo mismo me sentí muchas veces emocionado y notaba que un nudo se me ponía en la garganta.
      Pero, tengo que reconocerlo, el nudo se me deshacía rápidamente cada vez que me venía a la mente el recuerdo de Lourdes. Porque la imagen, algo más que una imagen, que se me venía era Lourdes mirándome con una gran sonrisa y con aquellos ojillos un poco de pilluela pero llenos al mismo tiempo de mucho cariño. Era como una foto muy vívida que se iluminaba cada vez que la tristeza me comenzaba a rebosar el alma. La sonrisa de Lourdes. Los ojillos llenos de cariño y vida de Lourdes. Y ese recuerdo vivísimo impedía que las lágrimas llegasen a mis ojos.
      Está claro que Lourdes no había dejado en este mundo una huella de persona importante dedicada a la ciencia o a su profesión. Tampoco había hecho ninguna de esas cosas que solemos valorar como importantes. Pero en los que la habíamos conocido –y eso estaba claro en la celebración– había dejado una huella de cariño grande.
      Desde este blog hemos hablado muchas veces de que para ver el final del túnel hacen falta muchas medidas de justicia. Hacen falta leyes y disposiciones. Hace falta una mayor solidaridad social. Todo eso es verdad. Pero Lourdes me ha hecho darme cuenta de que hace falta también, y quizá sobre todo, mucho cariño. La sonrisa de Lourdes, que se me viene a la mente cada vez que pienso en ella, me anima a seguir viviendo, alienta mi esperanza y da sentido a lo que me esfuerzo por hacer.
      Lourdes, con su síndrome de Down, nos recuerda que todos tenemos algo que aportar a la marcha de este mundo. Todos. Cada uno lo suyo. Nos grita que no podremos construir un mundo mejor, ése al que esperamos llegar cuando lleguemos al final del túnel, si no abrimos los brazos para acoger a todos y a cada uno le damos su puesto y nos sentimos hermanos y hermanas sin excepción. Con una sonrisa, con cariño. Como lo hacía ella.
      Lourdes dejó mucho cariño en este mundo y eso vale mucho más que las obras de ingeniería más portentosas, que las leyes mejor elaboradas o que tantas otras cosas. Ayer me di cuenta de que la luz que nos permitirá llegar al final del túnel no puede ser otra que el cariño y la sonrisa. Muchas gracias, Lourdes, por recordárnoslo.

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