Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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Mi propósito 2018

Luz Violeta Blog Enero

Termina 2017 y no puedo evitar sentirme dividida. Orgullosa y eufórica pensando en todo lo que se ha avanzado este año en la defensa de los derechos de las mujeres y en el movimiento feminista y a la vez cabreada y decepcionada viendo todo lo que queda por hacer.

Como corresponde en estas fechas, en las últimas semanas he participado de numerosas cenas, comidas y eventos navideños que sin duda me han hecho confirmar lo que ya intuía. El feminismo  “está de moda” y aparece, más que nunca, en muchas de las conversaciones de las que he sido testigo. Esto resulta sin duda positivo, teniendo en cuenta que hace años a nadie le importaba en absoluto. Sin embargo, es aterrador asistir al despliegue de ignorancia y rechazo que sigue existiendo y que sigue respaldándose en frases del tipo “el machismo y el feminismo son extremos de lo mismo” o “el término feminismo confunde, si el movimiento se denominara de otra manera quizá me identificaría”. Argumentos que reflejan un brutal desinterés y que actúan como un muro frente al cuestionamiento y el ejercicio de reflexión vital que lleva consigo y que simboliza el propio feminismo.

Soy consciente que desde que empecé a cuestionar mi posición en la vida como mujer y me asumí feminista cambió mi manera de entender el mundo y de relacionarme con el mismo. La mayoría de las veces tengo que convivir con las contradicciones propias de una mujer feminista en una sociedad patriarcal y además pelear para que ese sentimiento no se convierta en culpa. En más de una ocasión me he sentido como Kathrine Switzer, corriendo una maratón y enfrentándome al establishment, o como Irantzu Varela intentando arrojar algo de luz en este tema, con mayor o menor éxito. Sin embargo, he asumido que mi problema y el motivo por el que realmente enfurezco es porque no lo considero una cuestión de debate.

Mis tripas me dicen que no es un problema de divergencia de opiniones y por lo tanto de pelear por defender la mía y de linchar la del otro. Para mí la desigualdad que existe entre hombres y mujeres y lo que eso conlleva, aquí en España o en Swazilandia, es algo tan indiscutible que ni siquiera puedo entender cómo a día de hoy me veo envuelta en determinadas discusiones. Y aunque estoy convencida de que es necesario seguir hablando de ello y seguir defendiéndolo sin dejarme intimidar con el objetivo de intentar transformar algo de la sociedad en la que vivimos, en este 2018 debo enfocarlo de otra manera.

Si no quiero terminar rendida y aislada dentro de una burbuja compuesta por muchas mujeres y algunos hombres que piensan y se sienten como yo y enfadada con el resto del mundo que sigue comprando lo que el sistema patriarcal y el discurso capitalista les vende, tengo que encontrar otra fórmula.

Realmente no tengo la clave o la solución para transformar este sentimiento. Sin embargo pienso que quizá no se trate tanto de cabrearnos y desgastarnos en esta lucha que, sin duda, hay que seguir librando, sino de asegurarnos que como mujeres y como parte del movimiento feminista alcanzamos una verdadera emancipación. Una emancipación que permita mirar desde fuera, salirse de las leyes históricas establecidas y producir una auténtica revolución de pensamiento. A lo mejor debemos pasar por asumir que no existirá nunca una sociedad reconciliada consigo misma y que se salga completamente de lo hegemónico, pero si ponemos el foco en transmitir ese “saber hacer” con la alteridad y con las heterogeneidades quizá lleguemos a construir una voluntad colectiva que sea feminista en esencia.

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