Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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Mírame, soy visible.

Fotos Libres P Mayores 2031

Estamos en un  momento complicado. En los últimos meses han surgido voces con representación política  que demonizan a las mujeres y  ponen en duda el mismo concepto de la violencia de género. Esas mismas voces piden eliminar todas las ayudas a las víctimas, porque, dicen, la mayoría han presentado denuncias falsas (La Fiscalía  General del Estado declaró que en 2017 el porcentaje de denuncias falsas fue del 0,0075 %).

En este contexto estremecedor acabo de empezar a trabajar en un proyecto de la Fundación Luz Casanova que trata de reducir el impacto de la violencia de género en las mujeres mayores de 60 años. Se trata de Mírame, soy visible, una propuesta para llegar a las mujeres mayores del entorno rural de la Comunidad de Madrid. Sólo llevo un mes y ya me he llevado una bofetada de realidad: este colectivo de mujeres no sólo es uno de los más vulnerables a la violencia machista sino también uno de los más invisibilizados.

Las razones son muchas en interdependientes. En primer lugar, las mujeres mayores de sesenta años han recibido una educación mucho más machista que las jóvenes de 20 años. La mayoría se han criado en el franquismo, una época en que una mujer tenía que pedir autorización al marido para trabajar, para sacarse el carné de conducir o para poner una denuncia a la policía.

En segundo lugar, los entornos rurales son idílicos para vivir tranquilamente, pero quizá no tanto para compartir con los demás que tu marido te amenaza, que te controla la cuenta bancaria o que te agrede sexualmente. En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce, todo el mundo comenta y es fácil ser estigmatizada por sufrir violencia machista.

En tercer lugar, durante la crisis las mujeres mayores se han encargado de ser la alternativa a la Seguridad Social de su familia extensa. Ellas son las que han recogido a los nietos del cole y les han dado de comer. Ellas son las que cuidan de sus maridos, de sus madres y padres ancianos e incluso de sus suegros. Si esta labor se interrumpe, se rompe la cadena de cuidados a la familia y eso acarrea un sentimiento de culpa que dificulta poder reconocerse como víctima.

En cuarto lugar, la mayoría de las mujeres mayores son amas de casa que dependen del salario o pensión del marido, ya que el trabajo del hogar que ellas ejercen no está ni remunerado ni cotiza a la Seguridad Social. Separarse, aparte de ir en contra de la educación que muchas han recibido, es inviable económicamente.

En quinto lugar, en el caso de que estas mujeres mayores den el paso y denuncien ante la policía o soliciten asistencia a la red de atención integral para la violencia de género en la Comunidad de Madrid, se encuentran que los centros de emergencia donde estarían protegidas no están adaptados a sus necesidades especiales. Aunque es cierto que existen plazas reservadas para ellas en residencias de mayores, estas son recursos meramente estacionales y no ofrecen ni la atención, ni la protección ni la seguridad necesaria para estas mujeres. Los agresores pueden llegar a ellas si quieren. Otra piedra más en el camino.

Y en sexto lugar y por todo lo anterior, la violencia de género contra las mujeres mayores y aún más en el entorno rural se invisibiliza aún más que la del resto de mujeres, porque no interesa que estas cuidadoras sin remuneración dejen de de ocuparse de sus familias. Hacen una labor social gratuita de la que nos beneficiamos todos.

Estas son mis conclusiones a un mes de iniciar este proyecto, con el que intentamos concienciar y sensibilizar a la población acerca de esta realidad oculta, la de la vida cotidiana de unas mujeres que padecen violencia machista y que sienten muchas dificultades para poder pedir ayuda.

Si quieres saber más sobre nuestro trabajo en violencia de género y mujeres mayores, pincha aquí.

 

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