Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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Sanidad para todos

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    Hace un tiempo por razones de trabajo viví unos años en Manila. Vamos, que no fui como turista, que Manila por un tiempo fue mi ciudad. Con todo lo que eso significa: usar los transportes públicos, salir fuera del circuito turístico, comprar en el mercado. Y también ir al médico para esos males ocasionales que a todos nos pasan. Ya se sabe que allí lo de la medicina es básicamente una cuestión privada. La medicina en general y, por supuesto, las medicinas, los medicamentos, en particular.
       Y esa precisamente fue una de las experiencias que más me marcaron de aquellos años. Porque cada vez que iba al médico, salía –como salimos en España– contento con mi receta  camino de la farmacia. Ya se sabe que las pastillas o las cápsulas tienen un cierto aire mágico que nos cura casi tanto como los compuestos químicos que forman su composición. La receta en las manos es ya una esperanza de sentirse mejor. Y así me dirigía a la farmacia.
       En Manila las farmacias eran lugares muy llenos de gente. No había cola ni nada parecido. Más bien había que apretujarse un poco contra las otras personas hasta que uno lograba hacerse un hueco y llegar al mostrador. Allí con un poco de suerte, lograba llamar la atención de uno de los dependientes y entregarle la receta.
       Ahí tuve mi primera sorpresa, la menos la primera vez. El dependiente tomaba la receta y se iba con ella a la trastienda. Al cabo de un rato volvía y se dirigía a mí. Pero, sorprendentemente, no traía consigo las medicinas que me curarían. Volvía con la receta en la mano. Y ceremoniosamente me comunicaba el precio, lo que iba a tener que pagar por ellas. La primera vez me costó entender. Respondí naturalmente que sí, que me trajese las medicinas, que pagaría lo que me pidiese, por supuesto. Ahí venía la segunda parte. Volvía a desaparecer en la trastienda. Y, poco después, ahora sí, volvía con los medicamentos en la mano. Le entregaba los pesos que me había pedido previamente, el me daba las medicinas. Y ahí terminaba el negocio.
       Sólo fue a la segunda vez, a la segunda visita que hice a la farmacia, que me di cuenta de que ese proceso no lo hacía conmigo solo sino con todas las personas. El mozo tomaba la receta, desaparecía, volvía, comunicaba al presunto comprador el precio que iban a costar las medicinas y… Ahí vino otra sorpresa para mí. Porque me di cuenta de que muchos de los posibles compradores, al escuchar el precio, desistían de su compra y se iban. No me costó mucho entender que esa retirada tenía una razón muy sencilla: se iban porque no tenían dinero para pagar lo recetado por el médico.
       A mí no se me había pasado por la mente que eso pudiese suceder. Allí porque siempre tuve dinero, ¡tampoco era tanto!, para pagar aquellos medicamentos. Aquí, en España, donde he nacido y donde vivo, porque tenemos un sistema sanitario que cubre la mayor parte del coste de los medicamentos y hace que lo que tenga que pagar el paciente sea un coste mínimo. Pero allí, en Manila, en la farmacia, descubrí las consecuencias de que la sanidad sea un bien sometido al mercado y a sus precios: que hay mucha gente que se queda fuera del sistema, que no tiene acceso a un bien tan necesario y vital para el desarrollo de la persona, para su bienestar, para su dignidad.
       Por eso, cuando he oído que el gobierno quiere activar de nuevo en España la sanidad universal, donde nadie se quedará fuera del sistema sanitario, he pensado que eso es una forma muy sencilla de defender la dignidad de todas las personas. He pensado que eso forma parte de los mínimos indispensables que tiene que haber en una nación que quiera ser moderna y justa y solidaria y humana. Sanidad para todos sin excepción. Para que no le pase a nadie lo que le pasaba a aquella pobre gente que iba a comprar sus medicinas a aquella farmacia.
Imagen de la foto: Manifestación de las personas sin hogar, reclamando una Sanidad Universal

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