Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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Sed de venganza

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      Para los que estamos en el túnel no siempre es fácil ver la luz que indica la salida. A veces se vive más de la esperanza que de la certeza. A veces las sombras nos invaden de tal modo que parecen apagar aquella chispa de luz que se ve al fondo indicando el camino hacia la salida.
      Una de estas oscuridades que me da la impresión de que nos están rodeando es la sed de venganza. Suena casi a título de película del oeste o de cine negro. Pero diría que es algo más que un título o una película. Me refiero a esa especie de clamor popular que se produce cada vez que se comete un delito grave, de esos que los medios publicitan tanto. Un asesinato, una violación, un atentado terrorista. Allí están los medios entrevistando a los vecinos, a los familiares. Y parece como que surge una voz general pidiendo venganza. Hay que pillar a los que lo han hecho. Lo tienen que pagar. Diente por diente. La vida por la vida. El que ha matado tiene que morir. O, al menos, tiene que penar/pudrirse en una cárcel para siempre. Para pagar por sus delitos.
      Eso es contrario a la tradición penal europea. En ella las cárceles no sirven fundamentalmente como castigo sino como lugar de rehabilitación. Es decir, se supone que, cuando se manda a alguien a la cárcel, el objetivo no es tanto castigar cuanto ayudar a que la persona se rehabilite, se convierta en una persona integrada de nuevo en la sociedad, capaz de colaborar en la tarea común de construir una sociedad más justa y mejor para todos. Ciertamente, ha cometido un error y es necesario apartarle de la vida social ordinaria pero la misma sociedad le va a ayudar a reintegrarse. Así pues, la pena que impone el juez no es un castigo sino una ayuda para que la persona se reintegre en la sociedad.
      Sin embargo, en la tradición anglosajona, la cárcel es castigo puro y duro. Es, ciertamente, una forma de pagarla. Tanto has hecho, tanto te toca pagar. Si cometiste un error, fue para siempre. No hay vuelta de hoja. No hay posibilidad ni esperanza de rehabilitación. Por eso la pena de muerte y por eso la cadena perpetua. Esta tradición me parece inhumana. Condena a la persona y no deja ninguna salida. No sólo apaga toda luz al final del túnel. Tapia la salida.
      Quiero pensar que esas peticiones de cadenas perpetuas, de castigo para siempre, de “que la pague” no son más que expresión del dolor causado por el delito, del miedo a ser potenciales víctimas. Quiero pensar que los mismos que dicen eso, luego, pasado el primer momento, son conscientes de que de esa manera no se construye nada. Más bien se destruye. Que la venganza no engendra más que venganza. Que el rencor termina por anidar en lo más profundo del corazón y desgarra y hiere y mata esperanzas y vidas. Que sólo el perdón y la reconciliación construye y recrea lo que está muerto, lo que ha sido herido. Perdonar puede ser muy difícil. Dejarse llevar por la sed de venganza puede ser más fácil. Pero la venganza no arregla nada sino que complica todo más.
      Lo malo es que si entramos por la senda del “ojo por ojo” todos nos terminaremos quedando ciegos. No es bueno que en nuestra sociedad se haya desatado esta sed de venganza. Nuestro objetivo no puede ser excluir y marginar sino salvar, rehabilitar, acoger. Seguirá habiendo policía y jueces y cárceles. No se puede caer en el buenismo facilón. La realidad es como es. Pero siempre teniendo en cuenta que, por difícil –y caro– que sea, la sociedad ha de poner los medios para salvar y rehabilitar antes que dedicarse a excluir, expulsar.
Porque la verdad, la mera verdad, es que tantas veces, muchas veces, demasiadas veces, los delincuentes han sido creados por la misma sociedad que luego les quiere castigar. Y que, aunque no sea así, ellos, los delincuentes, son de los nuestros. Son nuestra carne. Matarlos, condenarlos, es siempre matarnos y condenarnos a nosotros mismos. El futuro no pasa por condenar, excluir y marginar sino por acoger, incluir y unir.

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