Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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“Tú pones el cuerpo”

Forges
      Mi madre fue telefonista antes de casarse. Había pertenecido a una familia de clase media antes de la guerra pero este desastre que tanto daño hizo, fue la causa de que, terminada aquella, tuviese que buscar un trabajo que ayudase a llevar algo de comer a casa. Pero no duró mucho en el trabajo. Lo dejo en el momento de la boda porque aquellos tiempos –los años 40– eran lo que eran y eso que, precisamente porque aquellos tiempos eran lo que eran, habría venido de perlas a aquella joven pareja un segundo sueldo. Pero no podía ser. ¿Qué habría pensado la gente si mi padre, y aún la familia de mi madre, hubiese consentido que mi madre hubiese seguido en el trabajo una vez casada?
       De hecho, los tiempos eran duros. Fueron muy duros. Mi padre practicó el pluriempleo, como tantos otros en aquella época tan gris de España, porque no había otra forma de llevar a casa el dinero suficiente para pagar los gastos de la nueva familia que rápidamente se creció en número con los cuatro hijos que fueron llegando concierta rapidez.
       Mi padre trabajó mucho. Mucho. Eso no se puede negar. Pero nunca movió un dedo en casa. Ni para quitar un vaso de la mesa. Los trabajos estaban bien divididos. Mi padre era el que llevaba el dinero a casa. Mi madre no ganaba nada.
       Hay una anécdota que refleja muy bien la situación. Cuando, con los años, la situación económica fue mejorando un poco, comenzamos a ir en el verano unos días de vacaciones a aquellas residencias de “Educación y Descanso” –los menos jóvenes sabrán de qué hablo–. Recuerdo un verano en que ya lejos de casa, con medio camino hecho de tren –nada de coche que no había para tanto en la familia–, mi padre se dio cuenta de que algo se había olvidado en casa. Y le recriminó a mi madre. Y se enfadó. Mi madre, que había preparado sola las maletas y los cuatro hijos para la partida, sólo dijo una cosa: “Es que tú sólo pones el cuerpo.”
       En realidad mi madre trabajó tanto o más –ahora no tengo duda de que trabajó más– que mi padre. No conoció las vacaciones ni los días de descanso. La cocina estuvo siempre atendida, domingos y días de fiesta incluidos. La casa siempre limpia. Y, a ratos libres, nos hizo chaquetas y jerseys de punto a toda la familia –era otra forma de ahorrar–. No conocía el descanso. Mi padre, es verdad, trabajaba mucho pero cuando llegaba a casa se sentaba con tranquilidad a leer el periódico o a ver la tele, cuando nos llegó.
       Hoy las cosas han cambiado. Es verdad. Todavía no todo lo que sería de desear. Me encuentro en un periódico la noticia de que “el tiempo que las mujeres dedican a trabajos sin remuneración casi duplica al de los hombres: ellas destinan 26,5 horas a la semana, frente a las 14 horas de ellos. Ese tiempo es el que se emplea en cuidar a hijos o familiares, tareas domésticas, cursos y colaboraciones sin sueldo en ONG, por ejemplo, según el INE. Tengan hijos o no y al margen de si en casa trabajan ambos, las mujeres casi duplican a los hombres en el tiempo que dedican a este tipo de labores.”
       Pero han cambiado porque ahora los hombres dedican la mitad de tiempo que las mujeres a ese tipo de labores. En los tiempos de mi padre, su dedicación era cero. Así que podemos ver que la botella se está llenando. Los tiempos han cambiado. Queda mucho por hacer pero estamos en el buen camino. Con un poco de ganas entre todos, vamos a lograr cambiar en unos pocos años la inercia de siglos. ¡Toda una proeza en honor de la justicia!

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