Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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Un cura como Dios manda

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     Ayer tuve uno de esos encuentros que se recuerdan con cariño durante mucho tiempo. Básicamente porque te ayudan a reconciliarte con el mundo y a pensar que sí, que es posible, que el final del túnel está ahí y que hay hombres y mujeres que ponen de su parte todo lo posible porque lleguemos allí.
      Estuve un rato de charla con un sacerdote ya mayor. 86 años para ser exactos, que se dice pronto. Me estuvo contando su vida. Nació en un pueblo de Castilla. Desde que entró de chico al seminario en 1944 hasta 1959 en que se ordenó no fue nunca a ver a sus padres ni sus padres fueron mucho a verle a él, lo más una visita cada 4 ó 5 años. No eran tiempos fáciles aquellos de la posguerra y la familia no tenía muchos posibles.
      Luego vinieron los primeros pasos como cura. Diversos destinos que le fueron llevando a la Vallecas agitada y conflictiva de los últimos tiempos del franquismo, de Alberto Iniesta, de la asamblea cristiana, de las detenciones y las manifestaciones. Fueron años duros de estar con el pueblo, con la gente. Supo, por leer en su misa una carta de Iniesta condenando los últimos fusilamientos de la dictadura, lo que era pasar una noche en los calabozos de la Puerta del Sol y quedar fichado para siempre. Lo siguiente fue ir a abrir una parroquia en un barrio paupérrimo, viviendas de mineros, en Puertollano. Otro montón de años sirviendo a la gente, estando cerca de los más pobres, escuchando a los que no tienen nadie que les escuche.
      Y vuelta a Vallecas. Un barrio distinto. La conflictividad política había desaparecido pero los pobres seguían allí. Ahora los pobres eran los gitanos, los inmigrantes. Hubo que luchar con ellos para que les concediesen casas a los primeros y para acoger a los segundos que llegaban en oleadas en esos años de prosperidad económica que transformaron España de un país que emigran a un país receptor de inmigrantes. Venían familias y había que buscarles acomodo: desde colchones hasta biberones para los niños. Y si había que ir a hablar con el alcalde o con el Director General de Vivienda, se iba.
      Así han pasado más de 30 años. Los mejores de su vida. Entregados año a año y día a día al servicio de los más pobres, de los marginados, de las personas con las que se encontraba. Hoy vive y trabaja en una parroquia de una ciudad castellana. Los años ya no permiten tener la misma actividad que antes. Pero él sigue en lo mismo. Como él dice, ahora su ministerio es el del dolor y la ancianidad. Sin parar ni un momento, visita enfermos y ancianos. En sus casas, en los hospitales, en las residencias. Escucha mucho y habla poco. Comparte lo que tiene, su fe y su esperanza. Pero en casa no se queda quieto.
      Cuando parece que todo en la Iglesia es feo y malo, que todo son abusos, que todo son imposiciones, que la jerarquía no conecta con el pueblo, sacerdotes como éste me reconcilian con la vida y la esperanza. Pienso que no está solo. Hay muchos y muchas en la Iglesia trabajando sencillamente y sin hacer ruido al servicio de los pobres y necesitados, haciendo lo que hizo Jesús: manifestar con su vida concreta que el amor de Dios es para todos, sin excepción, sin dejar a nadie fuera. Si eso no es un signo de esperanza y de que hay luz al final del túnel, que venga Dios y lo vea.

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