Trabajamos por el desarrollo personal y la inclusión social de personas en situación de desprotección y exclusión: personas sin hogar y mujeres y menores víctimas de violencia de género.

"Que por mí no quede" Luz Casanova

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“Un desconocido en el cajón”

Hombre Apoyado En Una Pared Pablo Picasso 1

Este  es el título del relato ganador  del II Concurso de Relatos Cortos Sobre Violencia de Género convocado por la Fundación Luz Casanova, escrito por Antonio Arteaga Pérez, residente en Toledo.

La hija de la mujer que sufre el maltrato es quien expresa, en este relato,  su soledad y su dolor. Ella a su vez también es una víctima de la violencia machista.

“Un desconocido en el cajón”

Elegí a mi padre en un puesto del Rastro.

El vendedor me dijo que había cerrado su negocio de revelado fotográfico y que nadie había ido a reclamar aquel material. Yo sabía lo que era sentirse solo y me dieron pena todas aquellas fotos, amontonadas sin orden alguno dentro de una caja de cartón. Por un euro, el único que tenía ahorrado, pude escoger la que más me gustó. Había fotos de hombres jugando con otros niños, de hombres presumiendo de coche deportivo, de hombres mirando con ojos enamorados a su pareja…

No escogí al más elegante, al  más atractivo o al que pareciese tener más dinero. De entre todas aquellas fotos elegí a un padre que no era ni guapo, ni feo, ni rico ni pobre. Escogí a uno al que habían fotografiado apoyado en una pared de gotelé, sonriente y vestido con una ropa que no se llevaba desde hacía años. Un padre normal.

Durante mucho tiempo guardé en secreto esa foto en la mochila, en el bolsillo del pantalón y finalmente en el fondo de un cajón. La sacaba de su escondite sin que nadie me viera y la sujetaba sobre mis piernas, de espaldas a la puerta de mi habitación por si entraba mi padre de verdad y descubría que le había sustituido por otro.

Miraba a los ojos a aquel desconocido vestido con ropa pasada de moda y le contaba todo lo que me pasaba: que el chico que me gustaba no me hacía caso; que me había vuelto a pegar con los compañeros en el patio del colegio; que había vuelto a suspender demasiadas asignaturas; que seguía bebiendo con la pandilla los fines de semana…  A veces no tenía nada que contar, pero necesitaba compañía cuando mi madre se encerraba en su dormitorio para que no la viese llorar.

Mi padre, apoyado en su pared de gotelé blanco, me acompañaba con una paciencia infinita. Siempre estaba dispuesto a escucharme y nunca perdía la sonrisa. Nunca se enfadaba, nunca me gritaba, nunca me pegaba hiciese lo que hiciese.

Pero la fotografía se fue estropeando a medida que la fui necesitando con más frecuencia. Estaba muy desgastada, amarillenta, con varios rotos en los bordes que trataba de arreglar con celofán y varias arrugas de los momentos en que la había apretado con demasiada fuerza entre mis manos.

Una tarde, cuando ya temía que aquella foto se fuese a partir por la mitad, mi madre entró en mi habitación. Me abrazó y, acariciando mi pelo en la forma que solo ella sabía hacerlo, me dijo que mi padre, el de verdad, no volvería más a nuestra casa, que ella por fin se había atrevido a contarle la verdad a otras personas y que todo sería distinto a partir de ese día. Recuerdo que lo primero que sentí fue alivio porque ya no tendría que volver al Rastro a buscar otro puesto de fotos”.

En la entrega de Premios, la periodista Tina Barriuso puso voz, de una manera espléndida, a este relato

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